For my fellow construction labor colleagues in Jamestown-New York... Chad, Darius, Nicolas: Love you guys...



El albañil, los libros y la arena

Llevo en mi auto a Darío, el albañil que está trabajando en casa, porque hace falta una bolsa de arena para terminar un arreglo. Me pregunta si soy escritor, por la cantidad de libros que acaba de ver en varias bibliotecas que tenemos. Le respondo que no, que la escritora y la que lee es mi mujer, yo leo muy poco, escribo algo y que sobre todo hago radio.

Tuve una relación de joven con la literatura que empezó a los doce cuando quise saber qué significaba “kafkiano”, una palabra que mi padre usaba con más entusiasmo que precisión. Entonces pedí un libro de Kafka y ahí fuimos toda la familia a la librería del barrio. Lo que más recuerdo es la emoción del librero que no habría visto muchos pibes de 12 años queriendo leer a Kafka. Así fue como mi primer libro elegido fue La metamorfosis, que vino con la yapa de Historia de Cronopios y de Famas, pero el porqué de Cortázar no lo recuerdo, sí que el librito me pareció una tremenda genialidad, hasta que lo volví a agarrar unos años después y me pareció muy ingenioso.

Había libros en mi casa aunque no había ningún intelectual, supongo que así era en aquellos años en muchas casas. Mi mamá (que sospecho que por la pobreza no había terminado la primaria, pero nunca fue clara en eso) compraba y leía todo el tiempo aquellos hits: Soriano sobre todo, pero además García Márquez, y Vargas Llosa, y lo que escribía Dalmiro Sáenz, y Silvina Bullrich, y Marta Lynch, y Gudiño Kieffer, además de colecciones de clásicos que venían con Emile Solá, Víctor Hugo, Julio Verne, Quevedo, Oscar Wilde, y vuelta por acá con Mujica Láinez, Galeano, Dal Masetto, Blaisten, y Enrique Medina con Las tumbas que me lo leí a escondidas porque me lo prohibió, igualito y tal cual a como lo cuenta Martín Kohan en su Me Acuerdo. Y leer un libro a escondidas no es cualquier cosa, es hacer un viaje prohibido, es asegurarse de que la aventura será un éxito. Las tumbas fue shockeante, pero me hizo ser más agradecido por tener papá, mamá, estufa, mimos y milanesas.

Así era la cultura popular supongo, o de masas supongo, de una familia de clase media que --supongo-- era normal. Hecha con libros escritos por escritores sin IA ni focus groups.

Pero mi relación con los libros fue corta, fue un entusiasmo más que una vocación. Necesité de ellos, de muchos de ellos, hasta los veintitantos, y ahí empezó a mermar el hambre. Porque tengo el recuerdo del hambre de leer. Me duró desde mi casa familiar de clase media, hasta mi vida de pobreza emancipada en los 90 cuando me alcanzaba apenas para la comida y la garrafa. En aquella época, la necesidad de libros me llevó hasta una pequeña biblioteca popular en La Plata donde saqué a Gogol, Hoffman, Marcel Schwob (que ahora los tuve que guglear porque no me acordaba y lo mismo no me acuerdo), André Gide, Paul Valéry, y tampoco me acuerdo de estos tipos que me sacaron el hambre de meter libros en mi cabeza. Y deben haber sido mis últimas veces que busqué libros con cierta desesperación, porque eso se fue yendo, y con el hambre se fue también mi dudosa vocación de ser escritor y ganarme el Nobel. Porque la cosa --más allá de la fantasía-- fue que había entendido que para escribir un poco hay que leer mucho.

Darío es gracioso y simpático, y lo llevo en el auto para traer materiales y a raíz de las bibliotecas de mi casa me cuenta que su maestra de sexto grado pidió que buscaran y eligieran un autor argentino y escribieran algo siguiendo su estilo. La consigna me parece absurda para chicos de primaria, pero pienso que por lo menos alguien lo puso en la tarea de escribir. Darío me cuenta que encontró en la biblioteca de la escuela (hablamos de una escuela de lo que los encuestadores entomólogos llaman tercer cordón del conurbano) un libro de Alfonsina Storni. “Es una escritora argentina, ¿la conoce?”. Le digo que la conozco, que escribía poesía. Pero no sé si Darío recuerda ese dato, o le interesa, sigue hablando y me cuenta que para la tarea encargada él escribió algo que a la maestra la emocionó tanto que la hizo llorar, eran sus memorias, su vida. “Escribí mi vida, y la maestra se puso a llorar con lo que yo había escrito”, me dice entre orgulloso y sorprendido. Por supuesto que intento adivinar lo que Darío habrá escrito, pero inmediatamente trato de no pensar en eso.

Ahora manejo con un nudo en la garganta y los ojos que se me llenan de lágrimas, en pocos segundos cualquiera puede imaginar la vida triste de un niño pobre, pero decido que no está bien terminar llorando mientras volvemos con la bolsa de arena. Por eso controlo el impulso de preguntarle qué fue lo que había escrito, y para pasar la charla hacia un tema menos angustiante para mí, propongo un dato de color, sin mayor acierto. “¿Sabías que Alfonsina se suicidó? Se metió al mar en Mar del Plata y se ahogó”.

Darío no parece muy impresionado y demuestra una curiosidad policial, probablemente adiestrada por Crónica y diario Popular. Así que me dice “¿Y encontraron el cuerpo?” Y la verdad es que yo no me acuerdo de eso, pero le comento que hay una canción dedicada a ella y a su final en el mar, y otra vez para intentar sacarme la angustia se la canto... “te vas Alfonsina con tu soledad, ¿qué poemas nuevos fuiste a buscar?”. Y llego hasta ahí porque me doy cuenta de que otra vez me equivoqué y si sigo voy a terminar llorando. Darío no conoce la canción y tampoco parece interesado. Enseguida pienso que la canción debe ser aburrida.

Por suerte llegamos a casa en dos minutos, bajamos la arena y me dice que me quede tranquilo porque con esta última compra alcanza para terminar el trabajo.

Para escribir esta columna busqué qué había pasado con Alfonsina, y descubrí que su cuerpo fue encontrado unas horas después de ahogarse por dos obreros de la Dirección de Puertos. Obreros (sic). Pierini y Parisi encontraron el cuerpo de Storni. Tres apellidos italianos que se encuentran en el mar, en octubre de 1938, dos obreros y una escritora. Muchos años después, Darío y yo nos encontramos yendo a comprar arena. Arena que podría ser de Mar del Plata. Arena para hacer un escalón en mi casa, como los escalones que enseñaba a subir Cortázar, arena que va a quedar fija gracias a Darío y su conocimiento sobre los materiales.

Y los libros siguen ahí inmóviles en los estantes, y aunque puedan parecer el testimonio de un tiempo ido, trabajan en silencio dentro de nosotros. Uniendo épocas y personas, con nombres que funcionan como una clave secreta que conocemos sin darnos cuenta. Clave secreta que puede estar oculta en una biblioteca de una escuela del conurbano, clave con que podemos pasarnos información confidencial, esa que nos confirma que todavía pertenecemos a un país y a un mundo de humanos.


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